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martes, 19 de mayo de 2009

Festival de Cannes 2009

GRANDIOSO PROYECTO CON RESULTADO NOTABLE
Amenábar entusiasma a Boyero con 'Ágora', su defensa de la tolerancia en clave histórica. Mientras los orientales Brillante Mendoza y Johnnie To lo agovian

Supongo que hay gente que hace cine por algo tan legítimo como ganarse la vida. Otros, por la convicción absoluta de que su incuestionable arte va a redimir al mundo. También están aquellos a los que no te los imaginas haciendo otra cosa, gente en cuya personalidad todo desprende inconfundible olor a celuloide, a narrar historias en imágenes. Alejandro Amenábar pertenece a esa raza. Tenía 24 años cuando realiza su primera película Tesis, edad que va asociada al aprendizaje. Pero aquella desasosegante inmersión en el suspense y en el terror parecía realizada por un director tan adulto como sabio, un brillante manipulador de emociones, alguien que hacía pasar tanto miedo al espectador como a esa estudiante de cine perseguida por un sádico especializado en hard-core.

Desde entonces cada proyecto del niño prodigio resulta imprevisible, tiene muy claro lo que quiere hacer y se toma su tiempo, se mete en películas tan arriesgadas como heterodoxas que resuelve con perfección, que alcanzan inevitablemente éxito comercial y le han otorgado un justificado prestigio. Se maneja con idéntica soltura hablando de un tipo al que el destino transforma en un monstruo físico y psíquico que dirigiendo a la megaestrella Nicole Kidman en un cuento gótico habitado por muertos que ignoran su condición, o llenando paradójicamente de emoción y de vida el dolor de un hemipléjico confinado en una habitación y que decide despedirse de una existencia tan atroz como impotente. El talento, la sensibilidad y la buena estrella han bendecido la variada obra de alguien que acierta siempre en temáticas aparentemente áridas, que sabe conectar con todo tipo de público, que hace el cine que le da la gana y que se ha ganado a pulso el derecho a equivocarse alguna vez.

Reconociendo la inquebrantable fe en sí mismo de este virtuoso en apuestas fuertes, se había creado lógica expectación y morbosa curiosidad alrededor de Ágora, una película de 50 millones de euros de presupuesto que se desarrollaba durante el siglo IV en la mítica Alejandría del Imperio Romano. Conociendo las aficiones de Amenábar era impensable que fuera a hacer un péplum o un tópico relato de aventuras. Tampoco sería Troya ni La pasión de Cristo, por citar dos ejemplos del cine moderno que revivían historias de la antigüedad y que por distintos motivos arrasaron en taquilla. Tampoco tendría demasiado parentesco con las aparatosas y convenientes interpretaciones del Imperio Romano que hizo Hollywood en los años cincuenta y sesenta. Sería una película de autor más que de productor, una reflexión muy personal sobre tragedias del pasado que también se pueden aplicar al presente.

Ese proyecto tan costoso y extenuante acaba de estrenarse en el Festival de Cannes. Lo primero que percibes en Ágora es que la documentación de ese guión ha sido muy trabajada, que se ha buceado intensamente en la historia sin tratar de adulterarla para llegar a la desolada conclusión que exponía Santos Discépolo en una incontestable y maravillosa canción de "que el mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también, que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos". Amenábar y su coguionista Mateo Gil hablan de la agresión salvaje que han ejercido las religiones, de su implacable metodología con los que consideraban herejes o disidentes, del casi siempre desigual combate entre la luz y la oscuridad. La primera está representada aquí por los guardianes de la Biblioteca de Alejandría, compendio de la sabiduría acumulada hasta entonces por la humanidad y que va a ser saqueada por una barbarie en imparable expansión llamada cristianismo, por una gente que fue acorralada en su nacimiento por los paganos y que en su ambición por el poder triturarán las mejores esencias de sus antiguos perseguidores. El resto de las religiones también salen malparadas, incluido el judaísmo y su adicción a practicar la ley del talión. Todos los que adoran ciegamente a dioses intangibles y a las reglas inamovibles sienten alergia hacia la tolerancia y están dispuestos a lapidar a los agnósticos, a los heterodoxos, a los que plantean dudas contra lo establecido.

La rebeldía está encarnada por Hipatia, una filósofa, astrónoma y matemática que investiga en el tiempo y en el espacio, que llega a la blasfema conclusión de que la Tierra puede girar alrededor del Sol, cuyos modelos no son Zeus, Cristo o Yahvé sino Parménides, Aristóteles y Tolomeo, gente que reflexionó sobre la ciencia y la naturaleza humana desafiando a las verdades impuestas, al cerril estado de las cosas.

Amenábar revive el universo perdido de Alejandría con poderoso sentido visual, diálogos excelentes, personajes diseñados con complejidad, tensiones latentes. Filma batallas y escenas de masas dando sensación de realidad, sin recurrir a los efectos de los ordenadores. Su implicación con la figura de la protagonista es estética y ética.

El tema y el primoroso lenguaje con el que se expresa me ponen incondicionalmente a favor de esta película, la veo y la escucho con respeto, estoy deseando que me atrape la emoción, pero ésta no llega. No consigo meterme dentro de una historia con tantas cosas admirables, condición indispensable que le exijo al gran cine. Esa mujer preciosa y actriz notable llamada Rachel Weisz está bien, pero no memorable. Me creo a los actores viejos, como el siempre impecable Michael Lodsale, pero no conecto ni mínimamente con los jóvenes, encabezados por Oscar Isaac y Max Minghella. La música de Dario Marinelli es lírica pero también abusiva, innecesariamente presente en casi todas las secuencias, subrayona. Ágora es una película notable a la que le sobran y le faltan cosas. Ojalá que tenga tirón para el gran público, que el éxito le permita a este singular director seguir abordando aventuras alejadas de lo convencional, que el mercado no le pase factura si no acaban de salirle las cuentas.

Celebro que me quede poco espacio para extenderme sobre los dos restantes títulos que ha exhibido en esta jornada la sección oficial, ya que nada bueno se puede contar de ellas. La filipina Kinatay, dirigida por el temible Brillante Mendoza, dedica dos horas insufrible a describir con imágenes oscuras la estupefacción de un chaval que aspira a entrar en la policía al constatar la relación umbilical entre ésta y un grupo de mafiosos de la prostitución, que torturan y descuartizan a una puta que ha intentado estafarles. Todo navega entre lo confuso y lo tedioso. Jonny Hallyday protagoniza Venganza, dirigida por el chino Jonnie To, señor al que los festivales le profesan incomprensible culto. Este profesional en intendible cine negro, en delirios, efectismo chirriante y violencia sistemática mantiene sus incendiarias y cansinas características en la venganza de un antiguo asesino a cuya hija acaban de cargarse. O sea: más de lo mismo.

AUTOR: Carlos Boyero
FUENTE: El País
FOTO: Getty Images Europe

Festival de Cannes 2009

AMENÁBAR IMPARTE UNA CLASE, LARGA Y PREMIOSA, DE "ASTRONOMÍA EMOCIONAL"
El tedio de Luis Martínez ante el estreno en Cannes de "Agora", la última densa superproducción española

Y llegó el día de 'Ágora'. El día del señor (el domingo, vamos), Amenábar presentó la más esperada de sus películas. Estamos delante de una producción de 50 millones de euros (grande, grandísima, para los usos y costumbres españoles) que arremete, con armas y bagages, contra todo lo que se mueve: la religión, el dogmatismo, la intransigencia, la ignoracia... Todas las enfermedades del alma, vamos. En palabras del propio director, "Asuntos todos muy de actualidad".

Eso sí, la cinta discurre en el siglo IV de nuestra era y se detiene en narrar los últimos días de Alejandría a través de los ojos de Hipatia, la filósofa (bien Rachel Weisz). Si se prefiere, cuenta el inicio de eso oscuro que se llamó Edad Media. Si se quiere, estamos delante de la narración detallada de cómo los cristianos pasaron de perseguidos a un nuevo estatus (mucho más rumboso): perseguidores. Buen tema para el domingo pues.

Hasta aquí, todo en orden. La cinta se precipita, con gesto decicido, por un terreno movedizo, de riesgo. Como ya hiciera Kubrick con 'Espartaco', la idea es convertir un género destinado al simple y puro solaz de incautos (es un 'peplum' con sus romanos con el pecho de lata) en algo diferente y, ya puestos, más respetable. De hecho, toda la película se alimenta de una contradicción: narrar un drama intimista entre el necesariamente espectacular derroche de decorados que exige el género.

Y así avanza, entre la Tierra (la lucha por el poder) y el cielo (la sabiduría de la filósofa Hipatia literalmente lapidada). De hecho, Amenábar recurre una y otra vez al recurso de elevar la cámara en círculos enormes desde el delta del Nilo (el lugar donde se asienta Alejandría) al ancho universo. Cosas de las metáforas: la idea del recorrido en elipse (que no en círculo) de los planetas alrededor del Sol, de la circularidad del tiempo histórico, reproducida en un único y majestusoso plano.

Las buenas noticias corren a cuenta del gusto por el detalle, la cinematografía elegante, el discurso pausado y las interpretaciones ajustadas a la intensidad del momento. Un cineasta, vamos. Las otras, las malas (que las hay), son producto del permanente estado anti-climax al que el director somete al espectador. Por primera vez en la filmografía de Amenábar, la historia no avanza, no hay tensión, la narración está detenida en un extraño empeño por impartir una larga clase de historia de la ciencia.

De hecho, el juego es ése: de un lado, la filósofa atrapada en su necesidad de saber; del otro, el fanatismo prisionero de su necesidad de sangre. La primera parte termina por resultar en exceso premiosa, demasiado cerca de un documental de National Geographic; y la segunda, demasiado obvia. El prólogo de la película dura exactametne una hora. Sesenta minutos para lo que debería haberse resuelto en diez.

Dice Amenábar que, a estas alturas, ya no puede juzgar su película. Probablemente, eso le ocurre a cualquier director. Después de tanto tiempo, donde debería entender él mismo su historia, sólo ve "un detalle, una ventana" (palabras suyas). Por alguna razón, eso mismo le pasa al espectador: donde debería ver el drama entero de la humanidad encarnado en una protagonista brutalmente asesinada, ve, además de eso, el lento transcurrir de una larga clase de astronomía. Pura contradicción. El director lo llama "astronomía emocional". El resultado es mucha astronomía y poca emoción.

AUTOR: Luis Martínez
FUENTE: El Mundo