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domingo, 24 de mayo de 2009

Festival de Cannes 2009

“ENTER THE VOID” y “MAP OF THE SOUNDS OF TOKYO”: TOKIO, TIERRA DE NAUFRAGIO DE CINEASTAS EUROPEOS
Ambas comparten el cliché del exotismo sexual y los letreros parpadeantes


Si fuera necesario juzgar por este día de Cannes del viernes 22 de mayo con el rasero de las dos películas en competición presentadas a la prensa, todo llevaría a creer que los seleccionadores, a manera de broma dudosa, habían decidido acabar este maratón fílmico con una sesión de tortura oriental. Del Extremo Oriente igualmente, puesto que tanto la película francesa de Gaspar Noé como la película española de Isabelle Coixet se desarrollan en Tokio.

En “Enter the Void”, el autor de la sulfurosa “Irreversible” (2002) no contradice su reputación. Su nueva película, largo de 2 horas y media, cuenta, si se le vuelve a poner en orden, una historia bastante simple: un hermano y una hermana, originarios de un país anglosajón y separados en su juventud por la muerte de sus padres, se encuentran en Tokio. El primero es un jovencísimo distribuidor de droga quien muere rápidamente en los servicios higiénicos de un bar. La segundo una muchacha frágil que hace de strip-teasera en un club tokiota.

“Enter the Void” quiere ser un largo viaje alucinador, similar a aquél que se prueba bajo la influencia de una sustancia ilícita, al mismo tiempo que una historia vagamente budista, evocada desde el punto de vista de un muerto en búsqueda de metempsicosis. El resultado, técnicamente impresionante, no sigue siendo menos doloroso. Noé mezcla una virtuosidad formal tan fastidiosa como ostentatoria (desenfoques, parpadeos, contrapicados, cámara subjetiva psicodélica…) con un propósito reducido a una letanía de provocaciones gratuitas (evocación incestuosa, embrión ensangrentado, representación del acto sexual desde el punto de vista de la vagina…). Y sin duda se pasaría por alto este deseo prepúber, si la película diera un instante la impresión de creer en sus personajes o de querer agradar en sus espectadores otra cosa que el gusto del detalle escabroso y la regresión pulsional.

Al menos Noé habrá intentado algo. No es el mismo caso de "Map of the Sounds of Tokyo", que comparte con “Enter the Void” el cliché del exotismo sexual y los letreros parpadeantes. Será necesario mucha abnegación para interesarse por esta historia insignificante, que distingue una asesina a sueldo japonesa se enamora de su víctima, un comerciante de vinos (Sergi López), todo ello narrado por un técnico de sonido que no tiene mucho que ver en el asunto. Con estas dos películas que han caído hondo, he aquí una nueva prueba del pozo sin fondo cultural que nos separa del imperio del Sol-Naciente.

“Enter the Void”. Película franco-germana-italiana de Gaspar Noé con Nathaniel Brown, Paz de la Huerta. (150 minutos)
“Map of the Sounds of Tokio”. Película española de Isabelle Coixet con Sergi Lopez, Rinko Kikuchi. (109 minutos)

Leer crítica en su versión original

AUTOR: Jacques Mandelbaum
FUENTE: Le Monde
TRADUCCIÓN: Emanuel Ramos

Festival de Cannes 2009

ÚLTIMO TANGO EN TOKIO DE ISABEL COIXET
Todo tiene vocación de intensidad, de hondura trágica y de romanticismo febril en la crónica de este amor sin futuro

"Map of the Sounds of Tokyo" (nombre origina). La vocación internacionalista de la directora española Isabel Coixet, alguien que por exigencias del mercado, por el legítimo deseo de que su cine llegue al público de cualquier parte, o porque las intimistas historias que quiere contar suceden en geografías situadas fuera de España, acostumbra a rodar en inglés. "En Mapa de los sonidos de Tokio" va más lejos y sus cosmopolitas e inevitablemente atormentados personajes se expresan alternativamente en inglés, japonés y catalán.

La acción está ambientada en Tokio, ciudad que debe de estar de moda entre la sensibilidad de tantos creadores occidentales, ya que no puede ser casual que el argentino Gaspar Noé, la norteamericana Sofia Coppola, la alemana Doris Dorrie, el mexicano González Iñárritu y la española Isabel Coixet, entre otros, se sientan tan repentinamente fascinados por esa exótica cultura y pretendan ofrecernos insólito testimonio sobre ella a través de sus ficciones.

Y, efectivamente, resulta impactante el arranque de esta película, en el que un grupo de hombres de negocios celebra una comida de trabajo devorando con naturalidad sushi y sashimi sobre el cuerpo de señoras desnudas. Estos apuntes costumbristas abundan en el desarrollo de la trama. Por algo lleva título tan poético. Y no defrauda el enunciado, ya que además del folclore visual también nos ofrecen los sonidos de esa ciudad registrados, porque uno de los personajes es un ingeniero de sonido con la misión de captar la heterodoxa acústica de todo tipo de ambientes. O sea, Isabel Coixet intenta regalarnos a los curiosos mirones el auténtico espíritu de lugar tan enigmático. Pero hay más. Va a integrar la geografía del alma japonesa con el pretendido volcán sentimental y erótico entre un comerciante de vinos catalán y una introvertida japonesa.

Resulta que él se siente hundido e inconsolable por el reciente suicidio de su neurótica mujer y ella combina el proletario oficio de cortar pescado con el de asesina profesional de alto standing. ¿Por qué? Pues porque le da la gana a la guionista Coixet, porque debe de haber descubierto un lírico cordón umbilical entre ambas profesiones. La hermética killer ha sido contratada por el vengativo padre de la suicida para que le dé matarile al fulano que no la supo amar. La cazadora y su ignorante presa sienten una irresistible atracción física y deciden encontrarse en un posmoderno hotel, sin camas, permanentemente iluminado, con el aspecto de un vagón del metro, para follar apasionadamente y hablando de ellos lo justito. Como hacían el desesperado viudo y la hipnotizada veinteañera en aquel poema desgarrado y auténtico titulado El último tango en París. Con la diferencia de que Bertolucci me provocaba escalofríos y los atormentados amantes de Isabel Coixet, además de no creérmelos, me inspiran un poco de risa.

Todo tiene vocación de intensidad, de hondura trágica y de romanticismo febril en la crónica de este amor sin futuro. La estética alberga pretensiones de lujo, pero yo la asocio más bien con los spots publicitarios de presupuesto holgado empeñados en la mentirosa misión de encontrar la poesía. No dudo de la sinceridad de esta relamida autora al hablar en todo su cine de las sensaciones del corazón, de los amores difíciles, de las separaciones torturadas, de soledades que se encuentran, de la cercanía de la muerte y demás parafernalia sentimental, pero no hay forma de que me sienta contagiado o conmovido por universo tan trascendente. Tengo la fastidiosa seguridad con sus películas de que siempre sé lo que van a decir, a hacer y sentir los personajes, la música que va a sonar, las imágenes con las que van a ilustrar los lacerantes estados de ánimo. Y, sobre todo, la permanente condición por parte de Isabel Coixet de que está pariendo arte hipersensible.

En "Mapa de los sonidos de Tokio", aunque no me guste nada, al menos tengo claro lo que pretenden contarme, pero me resulta imposible saber de qué va la intriga de "Visage", firmada por el para mí incomprensiblemente idolatrado director chino Tsai-Ming Liang. Se supone que trata de un rodaje en el Louvre actualizando el mito de Salomé, pero nada de lo que veo y escucho tiene sentido, atractivo ni gracia, aunque el autor se esfuerza mucho por conseguir lo último. Lo único que me saca del soporífero estupor es que el esotérico Tsai-Ming Liang haya convencido a Laetitia Casta para que exhiba su preciosa desnudez. No compensa, pero menos es nada.

Leer crítica en su versión original

AUTOR: Carlos Boyero
FUENTE: El País
FOTO: Fotogramas


ISABEL COIXET SE PIERDE EN TOKIO
El improbable amor entre una asesina a sueldo y un español aficionado al vino se pierde en un ritual de frases demasiado afectadas para la emoción

Lo importante es participar. La frase de marras nos la vienen repitiendo nuestros padres desde que nos vieron perder por primera vez. Desde entonces, reconozcámoslo, ha sido un no parar: de derrotas y de frases hechas. Sin embargo, la advertencia, según en qué sitios, tiene su valor. Por ejemplo, en Cannes. De las miles de películas que llegan para ser seleccionadas, sólo un puñado entran en la fase final, la de la alfombra roja.

Y sólo por estar ahí, entre las 20 mejores del año, algo tienen. Unas nos cabrean hasta la extenuación; otras entusiasman, y, la menos, dejan perplejo. La indiferencia es una enfermedad erradicada en Cannes. Todas sin excepción tienen algo: responden a la necesidad, como decía Terry Gilliam, de narrar. No es un empeño menor.

Llegados a este punto, hoy, en último lugar, se proyectó "El mapa de los sonidos de Tokio". Cualquiera que se haya caído por la página de elmundo.es sabrá de qué hablamos. Isabel Coixet, su directora, lleva meses contándonos cada detalle de su particular viaje al fondo de una cultura extraña. Es decir, al fondo de uno mismo. Cuanto más lejos, más adentro. Es así.

Dice la directora que la idea le surgió en un mercado de pescado tras ver a una mujer trabajando; dice que el sonido de las chicharras se le grabó para siempre; dice que quedó seducida por la sensación de respeto, la forma de marcas las distancias, de los japoneses... Todo eso está en la película de una directora que ha hecho del viaje su forma de trabajo.

Sin embargo, no funciona. O no como anteriores trabajos de la directora. Los problemas empiezan por el guión. Todas las películas, sin excepción (a un lado "Elegy", escrita por otras manos), de Isabel Coixet están perfectamente escritas. Improbables o no, las tramas avanzan gracias a una escritura capaz de dosificar evocación y drama en dosis justas. Coixet, antes que nada, es lectora. Y se nota. Nada de eso ocurre ahora. Esta vez, el improbable amor entre una asesina a sueldo (Rinko Kikuchi) y un español aficionado al vino (Sergi López) se pierde en un ritual de frases demasiado afectadas para la emoción, demasiado esquemáticas para la tristeza.

Nada es creíble

La idea es colocarse a una prudente distancia de la pasión para retratar en los gestos, supuestamente insignificantes, la verdadera naturaleza del drama. Coixet cita a Kore-Eda y Kore-Eda cita a Ozu, Yasuhiro Ozu. El problema es que el principio de verosimilitud dura poco. Nada es creíble. Y no nos referimos al desarrollo de los acontecimientos, sino al necesario diálogo que tendría que existir entre dos pasiones que se cruzan.

La innegable destreza estética, la madurez de una directora que ha dejado atrás viejos vicios (la cámara ya no tiembla) y la brillante puesta en escena (sutiles e inteligentes las escenas de sexo) compensan el resultado de una película que, por momentos, parece más el resultado de un impetuoso y poco reflexionado deslumbramiento: el de la directora por Japón. Sea como sea, lo importante, y ahora sí que es verdad, es participar. Cannes es mucho Cannes. Y "El mapa de los sonidos de Tokio" se merecía estar entre las 20 mejores producciones del mundo. Del mundo, repetimos.

Y prueba de que nadie está libre de culpa es que Coixet ha compartido el día con una de las vacas sagradas del cine reciente: el taiwanés Tsai Ming-Liang. Con la plana mayor de la mitología cinéfilo-francesa en el reparto (de Jean Pierre Leaud a Fanny Ardant pasando por Jeanne Moreau), el director compone en "Visage" una alambicada reflexión sobre el arte, la vida, el cine, la representación y la historia (uno de los escenarios es el museo del Louvre). Pues bien, la ambición, y la falta de escrúpulos, mató al gato. Impostado, engolado, retórico, torpe... Lo que viene siendo una paliza.

Y mañana, el palmarés. Las quinielas, el sentido común y la excelencia apuntan a dos obras mayores: "A prophet"', de Jacques Audiard, y "The white ribbon", de Michael Haneke. Mañana, con permiso del jurado, veremos.

Leer crítica en su versión original

AUTOR: Luis Martínez
FUENTE: El Mundo
FOTO: Fotogramas